¿A QUÉ LLAMAMOS LIBRO?

Actualizado: abr 28

Las letras cuentan con un montón de opciones de transporte –como entradas de blogs, postales, libros- para llegar a su destino. De los escritores queda la última palabra: elegir el formato más acorde para transmitirlas. En el caso de la elección del libro como vehículo, seguro se cuestionarán: ¿cómo asegurar que mi texto dé como resultado este producto editorial? O, en el caso de los lectores acérrimos: ¿lo que leo es un libro o cómo lo llamo? 


El acto de nombrar a los objetos por lo que son nos permite crear un diálogo ameno con los demás, pues evitamos mal entendidos. Si lo extrapolamos al mundo de la información, el hecho de conocer los diversos formatos logrará que encontremos con mayor facilidad una obra. O, en el caso de publicarla, conseguir una clasificación oportuna en la que nuestros lectores meta nos aprecien y decidan leernos. 


Con normalidad, es sencillo distinguir a un libro de una revista, a pesar de ambos sean productos editoriales con aspectos en común. No obstante, en ocasiones este asunto es más complejo al encontrarnos archivos PDF en la red. Si somos muy curiosos, seguro nos habremos preguntado: ¿cuándo un libro es un libro? ¿Será su contenido, su forma o su material? 



La RAE nos contesta: el libro es una «obra científica, literaria o de cualquier otra índole con extensión suficiente para formar volumen, que puede aparecer impresa o en otro soporte». Por lo menos, esa es una de sus acepciones. Ahora nos queda claro que ni el contenido ni el material son los que «hacen al libro». Pero, podemos cuestionar un aspecto más concreto: ¿cuál es la extensión suficiente para considerarlo como tal? 


En la mayoría de los casos, un libro, además de ser un contenedor de palabras, es un objeto comercial. Por tanto, las editoriales consideran el material y la cantidad a imprimir; esa es la razón por la que la extensión es importante. La UNESCO es quien nos propone una respuesta: 49 páginas, sin contar las de cubierta. En el caso de ser menor, será considerado como folleto o cuaderno.


Sin embargo, debido a los pliegos (en cada uno caben cuatro páginas) es casi imposible encontrar un libro de 49 hojas. Quizá el mínimo -al tener en cuenta páginas de respeto, portadilla, página legal, entre otras páginas interiores- sea mejor establecerlo como 52. 


Aunque esta indicación de la UNESCO se dirige más a lo impreso, también nos sirve como medida estándar para armar nuestros libros electrónicos. Pues, lo ideal es elaborar productos editoriales como si fueran a imprimirse, a pesar de que el destino final sea su divulgación de forma electrónica. Así, si llegáramos a necesitarlo no perderíamos la calidad ni tendríamos que modificar la extensión, dado que sería la adecuada. 


Ahora bien: esta definición que construimos es solo técnica. Aunque el contenido y la extensión de los libros es variado, lo que todos deben tener en común es la calidad. No solo nos referimos al material del papel o a las ilustraciones con gran resolución, también al trabajo editorial que hay detrás. La arquitectura de un libro está compuesta por elementos coherentes que dan como resultado un mensaje. Esto se notará desde quién lo firma hasta en la forma de presentar el contenido. 


Lo mismo sucede con los otros medios editoriales como son los folletos, cuadernos y revistas. Cada uno merece su mérito por su contenido, así como por su forma específica de mostrarlo. Al final, lo importante es compartir nuestros textos y que su calidad los haga perdurar en la historia.    

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